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Cristina Musumeci entró a un gimnasio sin saber nada y salió convertida en la primera fisicoculturista argentina

Lifestyle 2026-01-08 04:00:03

Cuando el músculo femenino no formaba parte del imaginario colectivo, Cristina Musumeci entrenó, compitió y ganó torneos en un universo gobernado por hombres

El telón tardó cinco horas en abrirse. Cuando por fin lo hizo, Cristina Musumeci avanzó con tacos altos sobre un piso que no conocía. Con las piernas temblando y sin saber dónde estaba, pensó que cualquier paso podría ser su caída. No sabía dónde estaba ni qué estaba haciendo ahí. Había llegado desde Mar del Plata a Buenos Aires con una excusa mínima, visitar a sus amigas, y con una recomendación reciente: participar en un torneo. Su profesor, convencido de que tenía condiciones, incluso le había pagado el pasaje.

El gimnasio se llamaba Sudamericano y Cristina creyó que competía en un torneo internacional. No tenía la menor idea de que se trataba de una fecha local ni de que, entre los jueces, estaba Jorge Brisco, una leyenda del fisicoculturismo argentino. Al verlo en la línea del jurado, con una presencia que le recordaba a las revistas norteamericanas, terminó de convencerse de que estaba en un certamen de otro nivel. Posó sin entender del todo qué había hecho y quedó segunda. No ganó. Pero esa noche de 1983 empezó a intuir algo más: si se entrenaba con mayor empeño, podía ganar. Abajo del escenario, varios se le acercaron para decirle lo mismo: que le habían robado el primer puesto.

No tenía experiencia en competencias ni sabía cómo era pararse frente a un jurado. Pero esa ingenuidad no le impidió descubrir su talento. De allí surgió un recorrido que la llevó a competir en el Bonaerense, el Argentino y, finalmente, a ganar el Sudamericano del ’85.

Un cuerpo fuera de época: Cristina Musumeci en sus primeros años de competencia (Instagram @cris_musumecicoach)

Inicio en el fisicoculturismo

–¿Cómo llegó a competir en torneos de fisicoculturismo, Cristina?

–Yo hacía artes marciales y tuve que rehabilitar una rodilla. La idea inicial era recuperarme para volver a entrenar como antes, no cambiar de disciplina. Por eso empecé a ir al gimnasio. En ese momento no existía la idea de la mujer musculada: había algunas referencias en Estados Unidos, pero en la Argentina casi ninguna. Empecé a entrenar con pesas como parte de la rehabilitación y ahí fue cuando los entrenadores me vieron condiciones, fuerza, estructura, y empezaron a alentarme para que entrenara en serio. A mí me gustó y, casi sin darme cuenta, entré en un mundo completamente nuevo.

–¿Sabía algo del ambiente cuando compitió por primera vez?

–Nada. Venía de otro palo. No entendía las reglas, no sabía cómo era una competencia ni qué significaba pararse frente a un jurado. Fui completamente ingenua.

En el reflejo de su espejo, se ve el presente construido con años de disciplina y perseverancia. Antes, una mujer entre hombres; hoy, ejemplo de fuerza, autonomía y orgullo por lo que logró

–En el primero torneo que compitió terminó segunda. ¿Cómo lo vivió?

–Salí fascinada. No podía creer que haciendo las cosas “así nomás” hubiera quedado segunda. Después vino gente a decirme que me habían robado, que tendría que haber ganado. Yo no entendía nada, pero ahí me di cuenta de que tenía condiciones y que, si me preparaba mejor, podía ganar.

–¿Ese fue el punto de no retorno?

–Sí. Me invitaron a competir en el Bonaerense, después en el Argentino, y más adelante gané el Sudamericano del 85. Ahí ya estaba completamente metida.

Los momentos más importantes de la carrera de Musumeci

Entrenadora y formadora de entrenadores

–Hoy, un poco alejada de la competencia, ¿a qué se dedica?

–Tengo tres grandes ejes. Por un lado, mi forma de vida: soy entrenadora personal desde hace casi 30 años y fui una de las primeras mujeres en dedicarse profesionalmente a esto en la Argentina. Además, doy cursos de formación cuando me convocan, siempre vinculados a la profesión, pero con un enfoque distinto. Por último, soy dirigente y jueza en torneos de la IFBB, lo que me permite seguir vinculada al fisicoculturismo desde otro lugar.

–¿Qué la motiva a enseñar y formar entrenadores hoy en día?

–La motivación surge de combinar lo técnico con lo humano. Muchos cursos se enfocan únicamente en repeticiones y series, pero olvidan al alumno como persona. Para que un entrenamiento funcione y el alumno evolucione, esa conexión humana es esencial.

Cristina Musumeci, hoy. El gimnasio, todavía: lejos de la competencia, pero cerca del origen de todo

–¿Qué distingue su enfoque como entrenadora personal?

–Para mí, el entrenamiento tiene dos ejes: lo técnico y lo humano. No entreno atletas profesionales, salvo algunas excepciones; por lo general, trabajo con personas que buscan salud, bienestar o acompañamiento en su día a día. Saber escuchar, observar y adaptar cada rutina según cómo llega cada persona es tan importante como la técnica misma.

–¿Cómo se traduce eso en la práctica?

–Cada alumno es único. Escucho sus historias, sus problemas, y ajusto la rutina según cómo se siente ese día. No es lo mismo entrenar a alguien preocupado, cansado o con dificultades personales que seguir un plan rígido. La parte humana mantiene la motivación y el compromiso.

De la danza al judo y luego al gimnasio

Antes de las pesas, el cuerpo de Cristina buscaba otra cosa. Quería ser bailarina, pero su mamá la detuvo: “Ya sos grande para danza”, le dijo, y la empujó hacia las artes marciales. Así llegó al judo, donde encontró disciplina, constancia y control del cuerpo. Años más tarde, una lesión en la rodilla la llevó al gimnasio. Allí, la rehabilitación se convirtió en entrenamiento y, sin buscarlo, en competencia. Cambió el lenguaje, cambió el escenario, pero el eje siguió siendo el mismo.

–¿Por qué judo? ¿En su casa había una veta deportiva o algo que la acercara a ese mundo?

–No, para nada. Yo quería ser bailarina. Era una nena delicada, me ponía música y bailaba en el living. Pero mi mamá tenía otra idea: decía que había que aprender a defenderse en la vida. No sé bien de dónde le salió, pero estaba muy influenciada por las artes marciales, por Bruce Lee, por esas figuras. A mí también me atraía eso, porque veía a Bruce Lee casi como un bailarín.

–¿Y cómo fue el comienzo?

–Fue bastante casual. Yo quería hacer karate, pero no había, así que empecé judo. Tenía doce años. Busqué compañeras y nadie quería. Hasta que una chica me escuchó y se sumó. Empezamos juntas, pero ella dejó y yo seguí. Seguí toda la carrera deportiva.

–¿Qué le dio el judo?

–Disciplina, control, constancia. Por el tipo de nena que yo era, me vino muy bien. Yo era delicada, nada que ver con la imagen que después se construyó de mí. El judo me ordenó, me formó. Hoy me doy cuenta de que fue clave para todo lo que vino después.

–¿Eso marcó su forma de vivir el cuerpo y el deporte?

–Totalmente. Yo leía mucho, de todo, incluso sobre sexualidad. Siempre fui muy curiosa y muy abierta a pensar el cuerpo desde distintos lugares. En mi familia no había tabúes fuertes, y mi papá acompañaba esa forma de pensar. Creo que esa libertad fue clave para animarme a transitar caminos poco convencionales.

Cristina Musumeci estuvo con Arnold Schwarzenegger, en el Arnold Classic: Brasil 2014 y Arnold 2015.

–Ahora, como juez, ¿qué evalúa durante una competencia?

–Hay tres cosas fundamentales. Primero, la masa muscular, que debe ser acorde a la modalidad: bikini, wellness, culturismo, men physique… cada categoría tiene sus proporciones específicas. Segundo, la marcación de los músculos. Depende de la categoría: bikini se marca poco, wellness un poco más, body bastante marcada, woman physique muy marcada sin perder feminidad, y culturista extremadamente marcada. La marcación resalta el trabajo realizado. Tercero, la línea y la forma, lo que llamamos “reloj de arena”: simetría, armonía y proporción, que buscan una estética equilibrada y elegante. Estos tres criterios son la base para puntuar y comparar a los competidores.

Junto a Ingrid Grudke cuando la modelo participó del torneo de la IFBB

La teóloga y la sexóloga

–Además de campeona de fisicoculturismo y pionera, ¿qué lugar ocuparon la teóloga y la sexóloga en su vida?

–Empecé joven, a los 12 años, con judo y karate. Esa disciplina diaria me acompañó mientras cursaba teología, porque en ese momento no competía. ¿Por qué teología? Vengo de una familia católica muy práctica; mis padres buscaban la espiritualidad y yo, como adolescente, me rebelé un poco contra los retiros y los curas.

Pero ellos me enseñaron a buscar y, cuando nos mudamos a Mar del Plata, conocieron a un sacerdote brillante que había fundado una escuela de teología. Yo no sabía qué estudiar tras la secundaria, era la época del proceso y las carreras humanísticas estaban limitadas, así que decidí trabajar y estudiar algo que realmente me interesara. Me encontré con la carrera de teología, pedí los programas, y al ver quiénes enseñaban y qué se enseñaba, me enganché al instante. Terminé la carrera y, más adelante, aparecieron las pesas y los 15 años de competencia intensa.

–¿Estudiaba mientras competía?

–Sí, hacía cursos más pequeños por placer, para separarme un poco del mundo de la mancuerna y enfocarme en otras cosas. Después de competir, cuando inicié mi carrera dirigencial, apareció la diplomatura en salud sexual. Así, en los extremos de mi vida profesional estaban estos dos estudios, y en el medio, siempre aprendiendo: cursos, seminarios, talleres de alto nivel, incluso en la Fundación Psicoanalítica y en el Malba, con profesores excepcionales.

–¿Cómo fue llegar a la diplomatura en salud sexual?

–Fue gracioso. Yo no doy el physique du rôle; no me presento como teóloga ni sexóloga. Al llegar a la UAI, todos eran médicos, psicoanalistas, obstetras, ginecólogos… y ahí aparezco yo, vestida de entrenamiento, botella de agua en mano, sentada adelante, como siempre hago. Cuando preguntaron por mi título universitario, dije: “Teóloga”. Casi se desmayan.

–¿Que aportó la sexología su formación?

–Ahí se notó la diferencia: mientras muchos profesionales debían mantener distancia con el cuerpo, yo tenía una conexión directa con el propio y con el de los demás, dentro del respeto. Para mí, sexualidad y corporeidad son casi lo mismo: el cuerpo indica emociones, vínculos y bloqueos. Mi trabajo final fue muy lúdico; realicé encuestas sobre cómo los padres enseñan la sexualidad a sus hijos, comparando personas católicas y no católicas. Generó humor y aplausos en el aula.

Trofeos del Campeonato Cristina Musumeci. Año 2003

–¿Cómo vinculaba esto con su experiencia como entrenadora?

–Entrenar gente te permite observar cómo se relacionan con su propio cuerpo y con los demás. No de sus prácticas íntimas, sino cómo la corporeidad y la conexión con su propio cuerpo afectan su vida cotidiana, su vinculación y hasta su autoestima. Fue un aprendizaje que complementó perfectamente mi mirada integral como entrenadora y formadora.

Musa inspiradora

–Hay un campeonato con su nombre y apellido. ¿Cómo es eso?

–Este campeonato comenzó en 2003, casi de manera graciosa, y yo acepté participar siempre y cuando fuera solo para chicas, y así fue. Tuvo mucho éxito entre el público, más que entre las atletas. En la segunda edición quise incluir a hombres, pero solo a principiantes, aquellos que iban al gimnasio de manera muy amateur, y también fue bien recibido. A partir de allí, el campeonato se empezó a realizar en diferentes provincias. Más adelante, Oscar Villarreal y Jorge Asp propusieron llevarlo a nivel internacional y profesional. La idea fue aceptada de inmediato por el Dr. Rafael Santonja, presidente internacional.

–Entiendo que su historia inspiró una obra de teatro…

– Sí, se llamó Fetiche y la dirigió Muscari. ¡Se necesitaron seis actrices para representarme! Jajaja, dicho así suena medio esquizo, pero en realidad cada una representaba un aspecto distinto de mi vida. Al principio se peleaban entre sí, pero al final todas se complementaban. El escenario era un gimnasio, y ese gimnasio representaba… mi cabeza.

En el 2003 un campeonato de fisicoculturismo llevó su nombre y fue todo un éxito

–Hizo muchas cosas. ¿Qué proyectos y sueños le faltan por concretar? ¿Qué más quieres hacer o estudiar de acá en adelante?

–Me gusta trabajar en equipo. Quiero seguir investigando y desarrollando lo que empecé en Radical Fitness, que es la parte humana del entrenamiento. Siento que estamos frente a un antes y un después en la sociedad: mientras todos estamos pendientes de las guerras en Ucrania, Medio Oriente, Venezuela o Asia, se viene un mundo que, si no aprendemos a cuidar y observar como seres humanos, corre riesgo.

Mujeres que rompen espereotipos: fuerza, constancia y determinación.

No soy pesimista; siento que hay una mano divina que nos ayuda. Pero esa misma mano también nos da libertad para equivocarnos, para destruirnos si queremos. Por eso no podemos ser ingenuos: hay que actuar. Mi proyecto es ayudar al ser humano a desarrollarse, trabajar en su bienestar y también aprender de ese intercambio. Porque esto siempre es recíproco: no se trata de un entrenador que enseña al otro, sino de un vínculo donde ambos crecen. Y entender la reciprocidad no es tan fácil como suena; implica escuchar, comprender y acompañar de verdad.



Fuente: LA NACION (extraído usando lector RSS).



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