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Es argentino, corrió con Schumacher en la Fórmula 1 y ahora vende repuestos de colectivos

Llegar a la cúspide del automovilismo mundial es un privilegio reservado para un puñado de elegidos, como Franco Colapinto lo hace hoy en día, pero alejarse de las luces de la Fórmula 1 para construir un camino cotidiano en el sector comercial es una historia verdaderamente singular. A fines de la década del noventa, un joven talento argentino deslumbró al ambiente motor al desembarcar en la categoría reina con tan solo 19 años.

En aquel 1998, a bordo de un monoplaza de la escudería Minardi, el piloto nacional completó el calendario de 16 Grandes Premios compartiendo pista y vivencias con mitos de la disciplina de la talla del múltiple campeón Michael Schumacher.

Sin embargo, tras completar esa exigente temporada y contar con la propuesta formal para continuar en la élite europea, el protagonista tomó la sorprendente decisión de armar las valijas y regresar a la Argentina. Una vez concluida su etapa sobre los vehículos de competición años más tarde, su vida profesional dio un giro de 180 grados al volcarse de lleno a una rama muy distinta de la industria automotriz.

Hoy, lejos del glamour del Gran Circo y el ruido de los motores V10, su cotidianeidad transcurre en el rubro de los repuestos y componentes para colectivos y camiones.

Esta transición del asfalto al mostrador empresarial encuentra sus raíces en el mandato y la tradición familiar. El legado de su padre, también con pasado en el deporte motor, trazó el puente perfecto hacia el mundo de las autopartes de carga y transporte de pasajeros. Así, quien supiera acelerar a más de 300 kilómetros por hora en los trazados más prestigiosos del planeta reescribió su rutina diaria al frente de una compañía dedicada a la fabricación de sistemas de suspensión neumática, demostrando que existe vida próspera más allá de los podios internacionales.

LA HISTORIA DE ESTEBAN TUERO

La carrera hacia la cima de “Tuerito” fue meteórica. Luego de consagrarse campeón de la Fórmula Honda en 1994 y de la Fórmula 2000 Italiana en 1995, sus destacadas actuaciones lo llevaron a realizar ensayos con Minardi, escudería de Faenza que lo confirmó como titular en 1998 junto al japonés Shinji Nakano.

Su estreno en el Gran Premio de Australia con apenas 19 años lo convirtió en el tercer piloto más joven de la historia en debutar en la Máxima hasta ese momento. Pese a las marcadas limitaciones mecánicas de su auto, logró ver la bandera a cuadros en la octava colocación en San Marino (puesto que por entonces no otorgaba unidades, ya que solo sumaban los seis primeros) y se dio el gusto de correr ante su gente en el Autódromo de Buenos Aires.

De aquel paso por la elite mundial le quedaron valiosos recuerdos junto a Michael Schumacher. El astro alemán tuvo un gesto cálido al darle la bienvenida y ponerse a disposición para ayudarlo en su adaptación, llegando incluso a invitarlo a disputar partidos de fútbol informales.

En una de esas jornadas deportivas, Tuero integró el equipo rival del germano y le convirtió dos goles, atesorando anécdotas memorables que trascendieron los fines de semana de Gran Premio. Su etapa en la F1 concluyó de forma abrupta tras un fuerte accidente con Toranosuke Takagi en Japón; aunque Minardi buscaba renovarle para 1999, el argentino decidió declinar la propuesta y pegar la vuelta al país.

Ya en suelo local, continuó su trayectoria en el automovilismo nacional compitiendo en el TC2000 y coronándose campeón de la Clase 3 del Turismo Nacional en 2008. Tras anunciar su retiro definitivo en 2016 a los 38 años, volcó todo su tiempo a Porenz, la empresa familiar fundada por su padre Eduardo “Pirulo” Tuero.

La firma se especializa en la fabricación de componentes para suspensiones neumáticas destinadas a colectivos y unidades de carga, convirtiendo al trabajo con autopartes en su ocupación central tras dejar atrás el casco y los mamelucos de competición.

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