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El último adiós de Rommel: la farsa nazi que ocultó su muerte

Cómo el ultimátum de Hitler llevó al suicidio de Rommel y a una mentira que duró hasta el fin de la guerra.

El último adiós de Rommel: la farsa nazi que ocultó su muerte

El 14 de octubre de 1944, dos oficiales del alto mando nazi, el general Wilhelm Burgdorf y su adjunto Ernst Maisel, arribaron en auto oficial negro a la casa de Herrlingen, a las afueras de Ulm, con una orden que cambiaría el destino del mariscal Erwin Rommel. Hitler había enviado al cuartel una caravana de la SS para entregarle un ultimátum que, aceptado o rechazado, decidiría el futuro de su familia y el relato que el régimen quería difundir.

El ultimátum sin salida

Burgdorf solicitó una reunión a solas con Rommel y le mostró supuestas confesiones de varios conspiradores del intento de golpe del 20 de julio de 1944 contra el Führer. Según esas “pruebas”, el mariscal estaba implicado en la planificación del magnicidio. Hitler, a través de sus enviados, le ofreció dos caminos: enfrentar un juicio público ante el Tribunal del Pueblo, con pena de muerte y persecución para su esposa Lucie y su hijo Manfred, o suicidarse con la cápsula de cianuro que ya tenían preparada, a cambio de un funeral de Estado y la protección total de su familia.

Rommel opta por el suicidio para proteger a los suyos

Consciente de que no había defensa posible, Rommel aceptó la segunda vía y pidió quince minutos para despedirse de Lucie y Manfred. Se vistió con su uniforme de mariscal, subió al auto oficial y, a dos kilómetros de su casa, frente a un bosque, Burgdorf ordenó que todos bajaran del vehículo. Rommel tomó la ampolla de cianuro y quedó encorvado sobre el asiento; así lo encontraron sus enviados cuando regresaron al coche. El régimen había eliminado en secreto al general más querido del pueblo alemán y mantuvo la farsa durante varios meses.

De héroe a sospechoso: la relación con Hitler

La amistad entre Hitler y Rommel nació en 1935, cuando el futuro mariscal, al mando de un batallón de montaña, se negó a que las SS custodiaran al Führer durante una inspección en Goslar. El gesto le granjeó la simpatía del dictador, que desautorizó a las SS y felicitó al general por su firmeza. Desde entonces, Rommel se convirtió en el favorito de Hitler, autor del manual «Infanterie greift an» (1937) y comandante de la 7ª División Panzer. Su éxito en el norte de África, donde los británicos lo apodaron “Zorro del Desierto”, consolidó su estatus de héroe de guerra.

La derrota en El Alamein y el desencanto

Todo cambió tras la derrota en El Alamein (1942). Hitler exigió que Rommel resistiera hasta la muerte del último soldado, pero el mariscal, convencido de que el Führer sacrificaba la realidad por la propaganda, retiró sus tropas. Esa decisión rompió la confianza que había depositado en el dictador y lo dejó expuesto a los conspiradores del 20 de julio, quienes lo vieron como un posible artífice de una transición pacífica. Rommel, sin embargo, rechazó la idea de asesinar a Hitler, temiendo convertirse en mártir; prefirió la opción de arrestarlo y llevarlo a juicio.

El encubrimiento oficial y la revelación tras la guerra

Tras la ingestión del cianuro, los enviados del Führer llevaron el cuerpo a un hospital militar de Ulm, obligaron a los médicos a firmar un certificado de defunción falso y prohibieron la autopsia. La prensa nazi anunció que Rommel había muerto por un derrame cerebral derivado de sus heridas en Normandía. Hitler decretó luto nacional y organizó un funeral de Estado el 18 de octubre de 1944, con discursos que ensalzaban su supuesta lealtad incondicional al nacionalsocialismo. Hermann Göring y Heinrich Himmler enviaron condolencias públicas, sin revelar la verdadera causa.

La verdad salió a la luz después del final de la contienda, cuando Lucie y su hijo Manfred testificaron ante las fuerzas aliadas. El testimonio fue corroborado en los juicios de Núremberg por Ernst Maisel, quien había estado presente cuando Rommel recibió el ultimátum. Así quedó al descubierto una de las decenas de miles de muertes ordenadas por Hitler, demostrando hasta dónde llegó la maquinaria de propaganda del régimen para proteger su imagen, incluso a costa de la vida de sus propios héroes.

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