Política

La Biblia sanmartiniana y sus anticristos

Política 2026-04-25 04:00:07

El autor repasa la vigencia de las máximas que San Martín escribió en el exilio y cómo interpelan a la dirigencia argentina de hoy

Elevándose desde el patio de armas del viejo cuartel del Regimiento de Granaderos a Caballo (RGC) sobre la avenida Luis María Campos, creado en 1812 donde la actual Plaza San Martín dominaba el barranco hacia el río, los vecinos escuchan el toque del clarín a diana. Anuncia la formación de oficiales, suboficiales y soldados de los cinco escuadrones y la fanfarria “Alto Perú”, después del desayuno. Responden el “buenos días” del jefe, izan la bandera de guerra al son de la canción “Aurora” y se desconcentran cantando la “Marcha de San Lorenzo”. Una sección de uno de los dos escuadrones de granaderos a pie se traslada todas las mañanas para reemplazar a otra en la guardia de la Casa Rosada. Su teniente saludará al Presidente a su llegada. Las filas siempre forman frente a un bajo muro donde está inscripta una verdadera biblia cívico militar. Recuperada luego de la violencia y contraviolencia fratricida en los años de plomo. Son las famosas 11 “Máximas Sanmartinianas”, escritas en Bruselas por Don José el 13 de agosto de 1825.

Carácter sensible con el prójimo y la naturaleza

La primera, “humanizar el carácter y hacerlo sensible aun con los insectos que no perjudican”, encarece no matar a un indefenso ser que no dañe. Sorprendente pensamiento “ecologista”. La destinataria, su hija Merceditas de 9 años, fue educada en internados desde los 7, en colegios ingleses y luego belgas costeados con los acotados recursos traídos de América. Antes de recibir -recién a partir de la década de 1830- sus sueldos como Protector y Generalísimo del Perú, y Capitán General de Chile, San Martín se había visto obligado a migrar de Londres a Bruselas en 1825. La ciudad más económica y liberal de Europa. Comía en una modesta fonda. Y fue acuñada una moneda de honor a su proeza con su perfil. Nunca recibiría sus sueldos como Brigadier General en retiro de ningún gobierno argentino hasta su muerte el 17 de agosto de 1850.

Su espíritu “naturalista” no le impedía a Don José admirar los avances industriales de la II Revolución Industrial cuando visitaba las fábricas de Europa. Soñaba seguramente con que el tren, las máquinas manufactureras y la tecnología a vapor -progreso civilizatorio conflictivo- llegase a su patria. ¿Cabría una “extemporánea” comparación con el desprecio al cambio climático, la desprotección de bosques y medioambiente, y la desindustrialización que hoy excluye del bienestar y desemplea o funde a muchos argentinos?

Aquel tierno consejo paterno buscaba inspirar en su hijita cordialidad y empatía con el semejante. Y sobre todo con el desvalido, como se verá. Es la virtud moral de la compasión. Que San Martín honró luego del combate de San Lorenzo, y sobre todo de las batallas de Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú. Al momento de canjear realistas capturados con patriotas tomados prisioneros, mientras estos volvían en pésimas condiciones físicas, sus heridas gangrenadas y aún con signos de torturas, el Libertador entregaba a los “godos” vencidos bien alimentados, sus heridos cuidados y los ilesos en combate sin ningún rasguño.

El capitán de la marina española, Juan A. Zabala, jefe de la infantería vencida en febrero de 1813 a orillas del Paraná, será recibido por el coronel de caballería San Martín en el Convento de San Lorenzo. Compartieron un desayuno con asado criollo y vino francés, y se lo invitó a dormir una siesta antes de regresar a su barco con la media res solicitada para alimentar a sus heridos. Tres años después, San Martín recibirá en Mendoza una esquela de Zabala en la que pedía ponerse a sus órdenes en la causa de la Independencia. Resultado de la prédica autodidacta de San Martín para quien era más importante la ilustración educativa en las ciencias y artes que las necesarias batallas. Seducía entonces a sus excompañeros de armas de España -su madre patria- con destreza militar y astuta delicadeza.

Amar la bondad, odiar la mentira, cuidar a los desvalidos

Los dos centenares de “soldados libertarios” que fueron echados del gobierno actual, la mayoría por causas inciertas, saca a la luz el carácter irreconciliable del Padre de la Patria con la paranoia que acosa al despótico primer mandatario.

En 2025, al disolver y transformar en museo el Instituto Nacional Sanmartiniano, despide sin previo aviso ni explicación al teniente coronel artillero y doctor en Historia Claudio Morales Gorleri. Frisando los 80 años, había asumido poco antes como presidente ad honorem. Un libertario a sueldo lo reemplazó. Esa designación y disminución de status fue anulada más tarde ante el estupor sanmartiniano nacional e internacional. No hay reparación al daño moral causado al austero académico militar. La segunda máxima de San Martín “inspirar el amor a la bondad y odio a la mentira” transciende el consejo a una niña. ¿No sugiere una mirada indignada sobre la práctica del desprecio malévolo y reiterado hacia personas que osan investigar o criticar al gobierno por la probable violación de una ética declamada, a fin de ocultar posibles latrocinios aun cuando éstos presenten evidencias en sede judicial?

Claudio Morales Gorleri

La guía definitiva de San Martín para que un proceder solidario y humanista fuese asumido por Merceditas queda clarísima en la cuarta y octava máximas. “Estimular en Mercedes la caridad con los pobres”, y “Dulzura con los criados, pobres y viejos”. Los principios de San Martín, como vemos, siguen bien vigentes dos siglos después. Pero no para quienes hoy ejercen una impiadosa crueldad sobre la argentinidad más desvalida. So pretexto de una impoluta receta teórico-económica austríaca, cuyo fracaso sufren 6 de cada 10 niños que carecen de una alimentación completa y un 52% de niños y jóvenes que son pobres.

Cuando San Martín arriba en marzo de 1812 a la que sería la capital de la Argentina recién en 1880, los más pobres eran mayoría. Decenas de miles de criollos, indios, negros, mestizos y mulatos. Los afroamericanos que no fueron reclutados como soldados continuarían sometidos a la esclavitud hasta mucho después de la gesta libertadora. La Asamblea del año XIII sólo decreta la libertad de vientres. Es decir, la de los nuevos hijos de esclavos nacidos desde ese año. San Martín incorporó al RGC cientos de indígenas o mestizos de ese origen. Provenían de las ex misiones guaraníticas. Desde la cabecera Yapeyú, su cuna natal, su padre las había gobernado luego de la expulsión de los jesuitas.

San Martín, hermano indio

En 1816 fue a negociar durante tres días con las tribus Pehuenches en el fuerte de San Carlos, al sur de Mendoza. Requería el permiso de paso por territorio indígena por donde planeó enviar a Chile, en 1817, dos columnas menores. Táctica para confundir al enemigo trasandino realista sobre sus designios estratégicos. Sabía que algunos jefes pehuenches informarían al enemigo a cambio de vituallas. La descripción epistolar sobre las sucesivas conferencias con los caciques y capitanejos llegados con sus séquitos, más cientos de hombres de lanza para demostrar poder, es de una calidad etnográfica que hubiesen envidiado los naturalistas extranjeros desde Darwin en adelante, y remite a la “Expedición a los indios ranqueles” de Lucio V. Mansilla, en la segunda mitad del siglo XIX.

Agotadoras jornadas de deliberaciones se sucedieron a través de sus lenguas, con exceso de alcohol y comida, doma y jineteada pehuenche, y alguna mujer india pariendo semi sumergida en el río próximo. Finalizaron con nuevos intercambios de regalos y abrazos. Al concluir cada una, San Martín -impregnado de fuertes olores a potro y vaho etílico de sus “hermanos los indios”- se higienizó y cambió de ropa. Estalló un entusiasmo general que confirmaba la concesión del paso, según el relato de San Martín, cuando se él proclamó también “indio”.

De hecho, su altura destacaba entre sus oficiales criollos y el semblante oscuro de nariz aguileña contrastaba con sus pálidos ayudantes de campo británicos o franceses. Tez, altura y perfil de probables origen mestizo para autores como Hugo Chumbita, que afirman que su madre natural era la india Rosa Guarú, nodriza de él y de un hermano, Justo Rufino, en Yapeyú.

San Martín, afroamericanos y criollos

Negros y mulatos sobrevivientes del elevado y frío cruce de los Andes en 1817, y de la guerra en Chile, lo acompañarán hasta Lima en 1820. Habían sido esclavos en Cuyo. Sus amos los cedieron al Ejército de los Andes a cambio de que ni ellos ni sus hijos fueran reclutados.

Otros provenían de una compra hecha a hacendados del noroeste. Se usó para ello -y para alimentarlos, vestirlos y armarlos- un tesoro realista que Manuel Belgrano había capturado en el Alto Perú y que Directorio reclamaba para sus arcas. Fue cuando San Martín asumió a disgusto el mando del ejército del norte por instigación de Carlos M. de Alvear. Abandonó ese destino, so pretexto de estar enfermo, para ser nombrado gobernador-intendente de Cuyo, en 1815, por Juan M. de Pueyrredón.

Los regimientos de pardos y morenos fueron sus mejores soldados de infantería de primera línea y los más afectados por bajas en combate y enfermedades. Los que cumplen vivos cinco años de servicios serán los primeros ex esclavos libertos con plena ciudadanía. Para escándalo del patriciado cuyano y porteño, San Martín ascendió militar y socialmente a afroamericanos, alfabetizados junto con los hijos de sus dueños y destacados en instrucción y combate, a los grados de cabos y sargentos. Algunos llegaron a coroneles jefes de tropas. Al mando cercano de sus pares étnicos, cargaban con denuedo la bayoneta “a paso de vencedores”, al terrible costo de su propia sangre. Los integrantes de la caballería auxiliar gaucha, a sable, boleadoras y lanza, eran centauros insumisos a la disciplina y a las tácticas napoleónicas. Para eso estaban los granaderos fogueados en San Lorenzo.

Austera regeneración política

Finalmente, son dos las máximas de San Martín que chocan de frente con el espectáculo depredador de una parte significativa, y rotativa, de las clases dirigentes argentinas. Su admonición como “castas” trasciende partidos e ideologías. Un búmeran para el hipócrita poder que mientras acusa de robo a un gobierno pretérito no deja de imitarlo. La quinta, “Respeto por la propiedad privada”. implica también, de suyo, a la “res-pública”. Los recursos propios que la sociedad aporta al Estado. Y la undécima recomienda: “Amor al aseo y desprecio al lujo”. Veamos. A mediados de 1815, tambaleaba el plan de liberación continental. Marcó del Pont amenaza cruzar la cordillera para atacar a las fuerzas patriotas en Mendoza. Pinza en simultáneo con un avance realista desde el Alto Perú sobre el noroeste argentino. Que defiende Martín M. de Güemes luego de las derrotas de Vilcapuyo y Ayohuma. El gobernador de Cuyo, coronel mayor José de San Martín, comunica al Cabildo de Mendoza: “Para contribuir al sostén de nuestra regeneración política…cedo durante el tiempo de la guerra la mitad de mi sueldo que gozo en razón del empleo con que la Patria me ha condecorado”. También impetra la reducción, en proporción descendente hasta una mínima, de los sueldos de cabildantes, burócratas, oficiales y tropa. Hay que vestir y armar a 5000 hombres y alimentar miles de equinos.

¿Alguna similitud con el sacrificio actual al que sólo se somete a una mayoría del pueblo llano? Nada que ver, San Martín no se quedó ahí. En 1816 rechazó una segunda chacra que le ofrendó el Cabildo por el nacimiento de su hija y pidió que fuera repartida entre los más valientes de su tropa. En Chile donó 10.000 pesos oro ofrecidos por el Cabildo de Santiago para solventar su largo viaje a Buenos Aires en 1817. Solicitó que se destinaran a la construcción de la Biblioteca Nacional. Empero debía emplearse esa pequeña fortuna para proveer de uniformes y equipamiento al ejército argentino-chileno. También vigiló, junto con su amigo y general de confianza, Tomás Guido, la compra de vituallas y armamento para no pagar precios exuberantes a comerciantes ingleses inescrupulosos. ¿Su reflejo con el presente, el pasado cercano y el no tan lejano, el de los saqueadores del erario público -la mayoría impunes- no es un oprobio que subleva el corazón a la vista de empresarios y funcionarios enriquecidos con indecencia criminal?

Seams libres, sin odio y con justicia

La frase de San Martín “seamos libres y lo demás no importa nada” fue citada recientemente por Javier Milei en Israel, ignorante de su contexto e intención. La pronunció en 1819, al final de una arenga, cuando preparaba su partida al Perú. Fue originada por una orden de Buenos Aires. Debía volver con urgencia enfrentar una gran expedición realista que nunca se concretó. Planeada para zarpar de Cádiz en 1820 a fin de aniquilar la retaguardia de la revolución en el Río de la Plata, fue frustrada por la rebelión del general De Riego con apoyo de comerciantes hispanoamericanos. Concurrieron a ello miembros de unas nuevas Cortes españolas con representación americana, cuya Constitución liberal de 1812 había sancionado la integración de las colonias como parte de España en igualdad de derechos. Su vigencia sólo duró el “Trienio Liberal” (1820/1822). San Martín desobedeció la demanda del Directorio de repasar la cordillera. Se anticipó a la intención de ser involucrado en la lucha contra los caudillos federales del litoral que lo respetaban. La verdadera razón efectiva de aquella orden. Priorizó la misión que se había propuesto. Sabía que la libertad pervertida por canallas es una farsa. Al volver de su gesta en 1823 partió, incluso bajo amenazas de muerte, a su obligado ostracismo en 1824. La libertad no era tampoco muy justa en Europa pero sí su refugio del odio entre compatriotas.

Los mercaderes del templo de Luján

Imaginemos el fantasma redivivo del prócer. ¡A caballo, con su sable en ristre y blandiendo sus máximas! ¿No abominaría de nuestros farsantes? ¿No los condenaría al merecido cadalso de los infames traidores a la patria? A erigir frente a una lámpara votiva que en el frontispicio de la Catedral Metropolitana lo honra junto al “Soldado Desconocido de la Independencia”. Montones de cenizas de sus soldados son recogidas durante 1947 de tumbas colectivas desde Arequipa a San Lorenzo. Arriban a Buenos Aires en un “Tren de la Gloria” y son recibidas al anochecer con una marcha de antorchas. Desde el acto de aquel año, en que se prendió la llama en memoria de los humildes mártires de la patria y su jefe, descansan en una gran urna bajo custodia de los granaderos al pie del mausoleo de San Martín. El Papa Bergoglio, en el aniversario reciente de su muerte, pudo haber bendecido y perdonado desde el cielo la espada flamígera de Don José barriendo desde la eternidad a los nuevos mercaderes en la Basílica de Luján. Restañada la afrenta de otros “libertarios” de levita que pagó con el destierro, ahora ya merecen pagar su impiedad anticristiana los nuevos y viejos causantes de un largo y creciente desamparo del pueblo al que dio la libertad.

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El autor es sociólogo



Fuente: LA NACION (extraído usando lector RSS).



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