Sociedad

Autismo: ¿Hay más casos o hay sobrediagnóstico? Un especialista explica el impacto ambiental y el rol de las pantallas

Sociedad 2026-03-14 04:00:04

El psiquiatra infantojuvenil Christian Plebst habla de los avances diagnósticos en autismo y explica la manera en la que factores socioambientales, como la exposición temprana a estímulos digitales, pueden interferir en procesos clave del desarrollo

En los últimos veinte años, el diagnóstico de autismo aumentó entre un 300% y más de un 1000%, según las series epidemiológicas que se tomen como referencia. Las cifras impactan, generan alarma y abren preguntas incómodas: ¿Hay más casos? ¿Se diagnostica mejor? ¿Se ampliaron demasiado las categorías? ¿Qué está ocurriendo con el desarrollo infantil en una sociedad acelerada y saturada de estímulos?

Lejos de ofrecer respuestas simplistas, el psiquiatra infanto-juvenil Christian Plebst propone analizar el autismo como un fenómeno social complejo.

Para comprenderlo, dice, primero es necesario revisar qué se denomina autismo. Desde las primeras descripciones de Leo Kanner y Hans Asperger en la década de 1940 —con la clásica tríada de dificultades en la interacción social, el lenguaje y las conductas repetitivas— hasta las clasificaciones actuales del DSM, el diagnóstico fue transformándose.

El efecto negativo de las pantallas a muy temprana edad. Por Christian Plebst

Lo que hoy se conoce como Trastorno del Espectro Autista (TEA) es, en palabras de Plebst, un consenso médico: una herramienta útil para describir síntomas, pero insuficiente si no se entienden los procesos del desarrollo que subyacen.

Durante décadas se buscó una causa única, un “gen del autismo”. Actualmente se sabe que existen cientos de variantes genéticas asociadas y múltiples factores ambientales que pueden influir. Sin embargo, reducir el fenómeno a una sola explicación biológica tampoco alcanza. “Cualquier sistema nervioso estresado deja de aprender”, señala Plebst, y en ese punto el análisis se amplía hacia el entorno, el estrés, la calidad del vínculo temprano y la forma en que los niños organizan lo que reciben del mundo.

El aumento de diagnósticos no puede analizarse sin considerar el contexto social y cultural. Se trata de una época marcada por el vértigo, la simplificación de categorías y la presencia de pantallas desde edades cada vez más tempranas. La formación acelerada de profesionales y los cambios en los criterios diagnósticos también forman parte del escenario. La clínica, advierte Plebst, no es la misma que hace treinta años.

Plebst subraya que el desarrollo temprano se organiza en el vínculo con los adultos

En ese marco, el foco se desplaza de la etiqueta diagnóstica hacia el desarrollo temprano: la autorregulación y la corregulación, la presencia del adulto, la sincronía en la mirada, el juego compartido. El desafío no es solo clasificar conductas, sino comprender qué expresa un niño cuando se desregula, qué lo organiza y qué lo sobrecarga.

El diagnóstico, entonces, lejos de ser un punto final, puede convertirse en un punto de partida. Un proceso que involucra genética, ambiente, cultura y crianza. Un fenómeno complejo que obliga a detenerse y reflexionar no solo sobre los niños, sino también sobre las condiciones sociales en las que crecen.

En una entrevista con LA NACION, Plebst cuenta los avances diagnósticos en autismo y explica la manera en la que factores socioambientales, como la exposición temprana a estímulos digitales, pueden interferir en procesos clave del desarrollo temprano, como la reciprocidad, la regulación emocional y el aprendizaje social. “Hoy se habla incluso de ‘autismo virtual’, aunque ese término todavía está en debate”, plantea el especialista, a la vez que aclara que ningún factor aislado causa autismo: “Es la conjunción de factores de riesgo y de protección lo que influye en la trayectoria”, dice.

—El aumento de diagnósticos es evidente. ¿Hay más casos o hay sobrediagnóstico?

—Durante décadas se buscaron causas únicas, incluso genes específicos. Hoy sabemos que hay más de 300 genes asociados, pero también factores ambientales que pueden influir. No existe un único mecanismo.

Hay una mejora en la detección, sin duda. Pero también vivimos en una era de simplificación diagnóstica. Las clasificaciones ayudan, pero cuando todo se vuelve rápido y protocolizado, se pierde profundidad clínica.

Además, el entorno cambió drásticamente. No es sólo genética. Hay factores de estrés ambiental, exposición a toxinas, estilos de vida acelerados. Todo eso interactúa. No hay una causa única, hay combinaciones de factores de riesgo y de protección.

—Antes de que aparezcan los síntomas, se habla mucho de los primeros 1000 días. ¿Qué es lo que busca un bebé en ese vínculo temprano?

—Hay dos conceptos centrales: autorregulación y corregulación. El bebé aprende a autorregularse porque un adulto lo corrige y lo contiene. El estado de presencia del adulto le transmite seguridad. Un bebé está completamente en el presente. No tiene narrativa, no tiene comparación. Aprende por experiencia directa. Si llora y alguien lo toma en brazos, su sistema nervioso se regula. Si sonríe y alguien responde, se encienden circuitos de reciprocidad.

El desarrollo infantil es presencia. Es atención conjunta, disfrute compartido, apego. No se aprende leyendo un manual. Es como bailar: uno se entrega a la música. El bebé está diseñado para generar esa danza.

—Usted ha dicho que el aumento del autismo es también un llamado social a frenar. ¿A qué se refiere?

—Vivimos en un tren que va a mil por hora. Y el desarrollo infantil necesita tiempo, lentitud, disponibilidad emocional. La empatía no es sólo sentir al otro; es que el otro se sienta sentido. Cuando los adultos estamos hiperestimulados, fragmentados, distraídos, eso impacta en la calidad del vínculo. No hablo de culpa, hablo de contexto. La presencia requiere bajar cambios.

El cerebro del bebé, en los primeros tres años, forma millones de conexiones por segundo. Es un período de máxima plasticidad. Esa expansión necesita interacción real, ida y vuelta, sincronía.

—¿Qué rol juegan las pantallas en todo esto?

—Es enorme. Hoy se habla incluso de “autismo virtual”, aunque ese término todavía está en debate. La exposición a pantallas antes de los dos años altera procesos básicos.

La pantalla ofrece sintonía sin sincronía. Envía estímulo, pero no responde a la sonrisa, al gesto, al tono emocional del niño. El bebé necesita reciprocidad. Las neuronas espejo se activan en interacción viva.

Además, la pantalla genera descargas intensas de dopamina. Es un placer sin esfuerzo. Pero el desarrollo se basa en desequilibrio, movimiento, logro. Gatear hacia un objeto, frustrarse, intentar de nuevo.

Cuando el estímulo es excesivo y no está integrado con el cuerpo, el sistema nervioso puede desregularse. Un niño sobreestimulado puede retraerse o volverse repetitivo como forma de autorregulación.

—¿Todos los niños expuestos a pantallas desarrollarán autismo?

—No. Y esto es clave. Ningún factor aislado causa autismo. Es la conjunción de factores de riesgo y de protección lo que influye en la trayectoria. Hay niños con fuerte base genética que manifestarán síntomas con o sin pantallas. Y hay otros que pueden mostrar rasgos transitorios si el entorno mejora. El desafío es comprender que el entorno puede favorecer conexión o desconexión. Y eso no es culpabilizar, es empoderar.

—Cuando llega el diagnóstico, ¿qué cambia? ¿Es un punto final o un comienzo?

—Es un comienzo. Muchas familias llegan después de meses de sospechas. El diagnóstico puede ser doloroso, pero también puede ordenar. Lo importante es entender que la etiqueta sirve al sistema, pero no define el potencial del niño. No hay un techo predeterminado de aprendizaje.

El trabajo es comprender cómo ese niño procesa la información, qué lo regula y qué lo desregula. No se trata de suprimir conductas, sino de entenderlas. El diagnóstico precoz permite intervenir cuando el cerebro es más plástico. Pero intervenir no es aplicar un protocolo rígido. Es acompañar, capacitar a los padres, fomentar juego, presencia, vínculo.

—Entonces, ¿qué es lo más importante para un niño con diagnóstico de TEA?

—Un adulto presente. Curioso. Disponible. Creativo. Que no esté obsesionado con aplicar técnicas, sino con conectar. El mejor juguete para un niño es un adulto que juega. Que imita, que responde, que se entusiasma.

Podemos tener muchas herramientas terapéuticas, pero si perdemos la presencia, perdemos lo esencial. El autismo no es una sentencia. Es una invitación a mirar el desarrollo con más profundidad. Y, quizás, a repensar como sociedad el ritmo al que vivimos.



Fuente: LA NACION (extraído usando lector RSS).



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