Cómo la forma de masticar decide lo que disfrutás y lo que rechazás
Los cuatro estilos bucales explican por qué ciertos alimentos nos encantan o nos resultan repulsivos

Cómo la forma de masticar decide lo que disfrutás y lo que rechazás
Un equipo de la Universidad de Barcelona publicó este lunes un estudio que demuestra que la manera en que cada uno lleva el bocado a la boca define no solo el placer del plato, sino también el momento en que sentimos saciedad y el origen de esas aversiones que a veces nos hacen fruncir el ceño.
Los cuatro perfiles bucales que marcan la diferencia
Los investigadores agruparon a los comensales en cuatro categorías según la acción predominante al introducir el alimento. Los “masticadores” trituran con los dientes en cuanto el bocado toca la encía; los “aplastadores” usan la lengua como una prensa contra el paladar; los “succionadores” extraen el sabor mediante una succión lenta y prolongada; y los “crujidores” buscan la ruptura audible de alimentos duros o crocantes. Cada estilo produce una liberación distinta de compuestos aromáticos y, con ello, una respuesta sensorial única.
Chocolate de menta: la prueba que reveló el impacto del estilo
Para ilustrar la diferencia, se ofreció a los participantes un trozo de chocolate con mentol. Los masticadores liberaron la oleada de mentol en menos de dos segundos, describiéndola como una explosión que resultó abrumadora. Los succionadores, en cambio, percibieron una liberación gradual que se mantuvo varios segundos, calificándola de mucho más placentera. El experimento confirmó que la velocidad y el modo de triturar alteran la percepción temporal del sabor.
La lengua, el sensor que supera a los dedos
Más allá del movimiento dental, la lengua está cubierta de mecanorreceptores que detectan presión, rugosidad y vibración. Estudios comparativos demuestran que el umbral táctil de la lengua supera al de las yemas de los dedos, lo que explica por qué percibimos texturas microscópicas en alimentos como el chocolate. Partículas de entre 25 y 35 micras pueden generar una sensación arenosa que lleva al rechazo inmediato.
Textura, cremosidad y la aversión al baboso
La textura controla la velocidad con que los compuestos volátiles se liberan en la boca. Cuando la masa resulta demasiado babosa, la difusión se vuelve irregular y el cerebro interpreta la experiencia como desagradable. Por el contrario, la cremosidad —una combinación de viscosidad, microestructura y adhesividad— produce una sensación de plenitud que favorece la aceptación del alimento. En Córdoba, por ejemplo, el alfajor con relleno cremoso gana a los postres con grumos arenosos.
Repercusiones para la cocina cordobesa
Conocer estos mecanismos permite a chefs y fabricantes adaptar sus recetas a los distintos estilos de comensal. En la provincia, los asados jugosos y los choripanes crujientes seducen a los “crujidores”, mientras que las empanadas bien laminadas y los helados densos resultan favoritos de los “aplastadores”. Identificar tu propio estilo puede ayudarte a elegir mejor lo que ponés en el plato y, tal vez, a superar la aversión a alimentos que antes te resultaban incomodos.
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