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El último disparo a McKinley: la confesión del anarquista que acabó con el presidente

Una mirada al fatal encuentro entre la cercanía del mandatario y la rigidez de su seguridad

El último disparo a McKinley: la confesión del anarquista que acabó con el presidente

El 6 de septiembre de 1901, en la Exposición de la Caja de San Antonio de Buffalo, el presidente William McKinley recibió un disparo que le quitó la vida ocho días después. El hecho, protagonizado por el anarquista Leon Czolgosz, quedó marcado por la frase que pronunció al ser detenido: “Lo maté porque era un enemigo de la gente buena”.

Un mandatario que buscaba estar cerca del pueblo

McKinley, de 58 años, había construido su imagen política sobre la idea de un “presidente del pueblo”. Le gustaba estrechar manos, conversar con la gente y asistir a eventos públicos sin la rigidez de los protocolos habituales. Esa costumbre le granjeó elogios, pero también generó tensiones con el Servicio Secreto, que veía comprometida su labor de protección.

El Servicio Secreto bajo la lupa

Los agentes encargados de la seguridad del presidente denunciaban que McKinley eludía sus indicaciones para poder moverse con mayor libertad. Cada vez que el mandatario pedía “pasar sin escolta”, los guardias tenían que improvisar, creando brechas que, en retrospectiva, resultaron mortales.

El momento que selló el destino

Durante la visita a la exposición, Czolgosz se coló entre la multitud y aprovechó la ausencia de una escolta estricta para acercarse a McKinley. El disparo, lanzado a quemarropa, impactó en el abdomen del presidente. La cercanía que él mismo había fomentado se convirtió en la vía de escape del asesino.

Las palabras finales del autor del atentado

Al ser arrestado, Czolgosz declaró con frialdad: “Lo maté porque era un enemigo de la gente buena”. Con esa frase intentó legitimar su acción como una lucha contra lo que él percibía como una élite que oprimía al pueblo trabajador.

Lecciones sobre la seguridad de los mandatarios

El asesinato de McKinley marcó un punto de inflexión en la historia de la protección presidencial en Estados Unidos. Tras el hecho, se reforzaron los protocolos, se creó la Oficina de Protección del Presidente y se establecieron normas que limitan la interacción directa sin escolta. La tragedia sigue siendo referencia en los debates sobre cuánto debe ceder un mandatario a la cercanía popular sin poner en riesgo su vida.

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