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Los hinchas de Banfield se cansaron de las derrotas dignas de Troglio y crece la presión antes del clásico

El clásico del Sur llega en un momento de fuerte tensión para Banfield. Este sábado, desde las 14:45, el Taladro recibirá a Lanús en un partido que puede marcar mucho más que el simple resultado deportivo de una tarde.

La derrota ante Argentinos Juniors volvió a encender el malestar. Al finalizar el encuentro, los hinchas hicieron sentir la importancia del próximo compromiso con un cántico que resume la exigencia: “Contra el Grana, cueste lo que cueste, tenemos que ganar”. Banfield tiene solo tres victorias en 13 partidos jugados y la preocupación por los promedios en 2027, producto de dos campañas muy flojas en 2025 y 2026, ya está presente en el público.

Pero detrás de esa presión aparece una discusión que excede un resultado. En Banfield crece el cansancio frente a un discurso que parece haber naturalizado las dificultades económicas, las limitaciones del plantel y hasta las derrotas como parte inevitable de la realidad del club.

La expresión “derrota digna” parece haberse convertido en una constante. Cada vez que Banfield pierde después de competir de igual a igual, aparece el consuelo de haber estado cerca, de haber hecho un buen partido o de haber merecido algo más.

A eso se suma otra palabra que Troglio repite con frecuencia: “Competimos”. En redes sociales, numerosos simpatizantes cuestionan esa mirada: “¿Cómo que competimos? Para eso estamos en Primera División. Banfield tiene que ganar partidos, no conformarse con competir”.

Pedro Troglio quedó así en el centro de las críticas. Sus reiteradas referencias a un plantel corto, a la falta de alternativas y a la superioridad de los rivales generan cuestionamientos entre quienes consideran que ese mensaje transmite resignación y termina menospreciando a sus propios futbolistas. ¿Con qué confianza pueden salir los jugadores a enfrentar a Lanús si su propio entrenador insiste permanentemente en las limitaciones del equipo? Ni hablar de la semifinal de la Copa Argentina frente a Boca, en Mendoza, donde Banfield estará a un paso de disputar una final.

El argumento económico tampoco parece suficiente. Numerosos clubes de Primera División conviven con deudas, inhibiciones y restricciones presupuestarias, sin que eso implique necesariamente trasladar un discurso de resignación al terreno deportivo.

Equipos como Gimnasia de Mendoza, Sarmiento, Independiente Rivadavia, Instituto y Defensa y Justicia, con presupuestos inferiores, han conseguido recurrentemente más puntos que los equipos conformados por esta dirigencia de Banfield. Incluso Talleres, Argentinos Juniors y Vélez, clubes acostumbrados a invertir en refuerzos, hoy encuentran buena parte de sus respuestas futbolísticas en sus divisiones inferiores y en incorporaciones puntuales.

Banfield tampoco ha dejado de gastar dinero. Durante este año destinó recursos importantes a contrataciones y salarios, mientras que la política de ventas y salidas de futbolistas también despierta cuestionamientos.

En poco tiempo, el club perdió a tres delanteros que habían demostrado capacidad goleadora: Auzmendi, Méndez y Perrotta. Las salidas de los dos primeros no dejaron dinero a la institución, mientras que Perrotta, considerado una de sus principales joyas, fue transferido por una cifra que muchos hinchas juzgan muy inferior a los valores que históricamente Banfield conseguía por sus mejores futbolistas.

Pero hay un aspecto económico que resulta central en esta discusión: toda gestión hereda activos y deudas. Esta gestión que ya lleva más de dos años en el club recibió obligaciones pendientes, pero también un enorme patrimonio de futbolistas surgidos de sus inferiores, cuyas ventas generaron importantes ingresos en los últimos dos años, además de otros jugadores que todavía conserva (y que fueron los más destacados en los últimos partidos, por ejemplo). A eso se suma ahora la importante recaudación por público visitante, un ingreso extraordinario con el que antes no se contaba.

Lo que no parece razonable es vender los jugadores heredados, disponer de esos recursos y después responsabilizar a las gestiones anteriores por las inhibiciones que aparecen cuando las deudas no se pagan. Justamente, administrar un club implica planificar, establecer prioridades y utilizar los ingresos para cumplir con las obligaciones. De lo contrario, echarle siempre la culpa al pasado resulta demasiado fácil.

SILENCIO DEL CONTRINCANTE EN LAS ELECCIONES

Un aspecto a tener en cuenta es el político: Matías Mariotto ganó las elecciones con poco más del 50% de los votos ante Gabriel D’Angelo. Desde entonces, y a pesar de haber sido acompañado por poco menos de la mitad de los votantes, D’Angelo ha permanecido callado y en una actitud pasiva de acompañamiento a la gestión. No existen casos en el fútbol argentino y mucho menos en un club como Banfield de un candidato a presidente con más del 45% de los votos que habiendo perdido la elección elija el silencio. “Parece Bernardo, el colaborador del Zorro: está callado y ayuda a Mariotto quedándose a un costado y no representando a quienes lo votaron”, dicen en Peña y Arenales.

En ese contexto, algunos simpatizantes consideran que el discurso de Troglio termina siendo funcional a la dirigencia, porque al insistir en las limitaciones del plantel reduce las expectativas deportivas y atenúa los cuestionamientos sobre las decisiones que contribuyeron a debilitarlo. Según versiones del entorno del club, además, el plantel estaría al día en sus haberes.

La crítica de fondo es que Banfield fue bajando progresivamente la vara de exigencia y que buena parte de sus hinchas ya no está dispuesta a aceptarlo. La historia del club demuestra que las crisis económicas no son nuevas. Banfield atravesó dificultades en los años 90 y una catástrofe económica e institucional en 2012, que terminó con el descenso, pero siempre encontró la manera de reconstruirse.

Hasta hace pocos años, los hinchas exigían resultados incluso a entrenadores como Hernán Crespo y Diego Dabove. Hasta Julio César Falcioni, quizás el máximo ídolo de la historia del club, recibía cuestionamientos y pedidos de salida cada vez que el equipo no alcanzaba el 40% de los puntos en juego. Incluso, Javier Sanguinetti fue cuestionado apenas unos meses después de haber quedado a un penal de ser campeón con un equipo integrado mayoritariamente por juveniles.

La última vez que Banfield clasificó a los playoffs fue hace 3 años, con Julio César Falcioni de DT en un torneo donde clasificaban los cuatro primeros de cada zona. Esa clasificación no fue tomada como un éxito sino como una obligación, lo mismo que haber alcanzado las semifinales jugadas con River y Talleres en otros certámenes.

Esa exigencia siempre fue mayor frente a Lanús. Los hinchas de Banfield históricamente se han jactado de su paternidad futbolística sobre el eterno rival, por lo que el clásico nunca fue un escenario donde alcanzara simplemente con competir dignamente.

En redes sociales también aparecen cuestionamientos al rumbo institucional y a la pérdida de ambición deportiva: “Nosotros no somos ni Temperley ni Los Andes. Banfield tiene que pensar en grande, como lo hizo siempre”. En un club con 130 años de historia, campeón argentino en 2009 y protagonista de competencias internacionales, la pregunta que surge entre los hinchas es inevitable: “¿En qué nos convertimos?”.

Este sábado, frente a Lanús, Banfield no solamente pondrá en juego tres puntos. También buena parte del futuro de Troglio y de la tranquilidad institucional del club.

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